sábado, 4 de diciembre de 2010

¿Porqué el Arbol de Navidad?


En los ritos y celebraciones de la vida, y las del Nacimiento de Dios lo son por excelencia, no puede faltar el árbol, gran símbolo de la vida. Recordemos en el paraíso el Árbol de la vida. Recordemos también que en las religiones animistas el árbol era la gran divinidad a la que rendían culto: en especial el roble (robur róboris; el mismo nombre que significa "fuerza").

Entre las mitologías germánicas está el mito del árbol plantado en medio de la tierra, cuyas ramas alcanzan el cielo y en ellas están colgadas las estrellas que brillan por la noche. Ahí tenemos probablemente el más remoto origen de las luces del Árbol de Navidad, que si bien pudo verse en los antiguos grabados mitológicos, no pudo llevarse a la realidad en su primer formato hasta el siglo XVIII en quie los sopladores de cristal de Bohemia idearon las bolitas que reflejaban el resplandor de las velas, candiles y hachones. La electricidad hizo finalmente posible que el árbol tuviera luz propia sin riesgo de incendio. Esa es la versión de la mitología germánica del Árbol de Navidad.

La versión cristiana, en cuanto a sus adornos, tiene su referente mítico en el Árbol de la Vida, que era portador de todos los frutos que el hombre pudiera apetecer; incluido el más preciado, el de la inmortalidad. El día del Nacimiento de Dios, es decir el día de Navidad gozan todos del privilegio único de ver satistechos sus deseos acariciados durante todo el año, ofrecidos como fruto por el Árbol de Navidad. Es el momento de resarcirse de la austeridad que impone la vida el resto del año.

Hay varias leyendas germánicas en que se fundamenta la práctica de introducir en las casas el Árbol de Navidad convirtiéndolo en el eje en torno al que giran estas fiestas. La más antigua se remonta al siglo VIII y está relacionada con San Bonifacio, el evangelizador de Alemania. Cuenta su hagiografía que viendo un día que los druidas a los que intentaba convertir al cristianismo persistían en su adoración al gran roble del bosque, decidió derribarlo el santo. En su caída estrepitosa acabó con cuantos árboles y arbustos había a su alrededor; sólo un humilde abeto quedó incólume. San Bonifacio interpretó esto como una señal del cielo que predestinaba al abeto a ocupar en la vida de los cristianos el lugar que había ocupado el roble en la de los druidas; pero sin los caracteres idolátricos que entre éstos tenía.

Otra formulación de la leyenda es que San Bonifacio, en uno de sus viajes, se topó con un grupo de paganos alrededor a un gran abeto en el momento en que iban a sacrificar un niño en honor al Dios Thor. Para detener el sacrificio y salvar al muchacho, San Bonifacio derribó el árbol con un poderoso golpe de su puño. Les explicó el santo que aquel abeto había cedido a la débil fuerza de su puño porque estaba llamado a ser el árbol de la vida, y no consentía convertirse en el altar de un sacrificio de muerte.

Otra leyenda, ésta adaptada a la iglesia protestante, explica que Martin Lutero estaba caminando por un bosque en la víspera de Navidad, cuando se sintió deslumbrado por la belleza de millones de estrellas que brillaban a través de las ramas de los árboles. Esa imagen de la belleza del bosque iluminado por las estrellas, le hizo concebir la idea de trasladarla a la ciudad. Arrancó pues un pequeño abeto y se lo llevó a casa. Para recrear la misma belleza que había vislumbrado en el bosque, colgó de sus ramas gran número de bujías (pequeñas velas). El resultado fue tan sorprendente, que fue imitado cada vez por más familias hasta que se extendió esta costumbre por toda Alemania.

Con el paso de los siglos, dice esa misma tradición, decayó la costumbre del Árbol de Navidad, pero después de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) los suecos volvieron a introducir en Alemanaia esta tradición. A lo largo del siglo XIX se extendió esta bella costumbre por toda Europa, empezando por Austria, Gran Bretaña y Francia. Y continuó su expansión alcanzando a España ya en el siglo XX.